Alejado del gallinero rojo, el pollo Hugo Carvajal canta como gallo. En una entrevista concedida a la agencia Efe, el mayor general explica el porqué de su rechazo a la Constituyente. “La oposición no está allí, no hay posibilidades de negociar nada, qué vas a negociar allí si es una sola parte la que está adelantando el proceso”, argumenta el diputado del Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV). El gran espía descubrió lo evidente: la Constituyente es una farsa.

Para llegar a esta conclusión, no hace falta descifrar ningún criptograma. Basta con leer el Diccionario de la Real Academia Española, que define diálogo como “plática entre dos o más personas”. Si solo habla un individuo, detecta el perspicaz oficial, no es diálogo. Es chavismo. Nadie más apropiado que un experto en contrainteligencia para identificar una iniciativa que va contra la inteligencia.

En el festivo cierre de campaña, el presidente Nicolás Maduro admite que su candidato ya perdió. “Yo le propongo a la oposición que instalemos en las próximas horas antes de la elección e instalación de la Constituyente, una mesa de diálogo, acuerdo nacional y reconciliación de la patria. Una mesa nacional de entendimiento para hablar de los grandes temas del país, para hablar de la paz”, plantea el Jefe de Estado. Maravilloso. Entonces, ¿para qué sirve esta Constituyente? ¿Acaso su promotor no juró que sería la gran “mesa de diálogo”, el espacio perfecto para “hablar de los grandes temas del país, para hablar de la paz”? Para entender esta Constituyente, no hay que estudiar el tercer capítulo del título noveno de la Carta Magna, sobre “la reforma constitucional”, sino el tercer capítulo del título décimo del Código Penal, referido a “la estafa y otros fraudes”.

Maduro y Carvajal coinciden y aciertan. La Constituyente no cumplirá nada de lo bueno que promete. No activará el diálogo. No traerá la paz. Mucho menos acabará con la escasez y la inflación, pues como atinadamente destacó la presidenta del Consejo Nacional Electoral, Tibisay Lucena, “esta no es una propuesta para resolver asuntos económicos”. Y definitivamente no solucionará el problema de legitimidad del gobierno frente a una comunidad internacional que condena la deriva autoritaria que sufre el país. Al final, la gran Constituyente queda reducida a ser un instrumento para la represión y la violencia, que –ya lo han asomado sus rabiosos defensores- se encargará de cerrar el Parlamento, remover a la Fiscal General, aniquilar a la disidencia y disolver la República. Un arma de destrucción masiva. Una cosa que se inventan con la única finalidad de exterminar. Por eso, lo suyo no es bautizo sino entierro. La Constituyente nace muerta.

 Fuente informativa:

http://www.elestimulo.com

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